QUISOCJO

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martes, 17 de diciembre de 2013

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo II)





CAPÍTULO II

Media hora estuvieron haciendo el amor, y pararon. Jarvis se quedó cabeza abajo, soltando algún suspiro, quizá de cansancio, posando la cabeza sobre la almohada, con los ojos cerrados. Judy también estaba algo cansada y apoyó su cabeza sobre la espalda de él. También estaba cabeza abajo y con los ojos cerrados, pero su posición era de lado, es decir, él estaba tumbado en la cama de espaldas al sitio en donde se ponen los pies cuando allí se duerme, como todo el mundo, y ella estaba de lado. Estaban destapados, y aunque estaban desnudos y era pleno invierno (era el 1 de Enero, recordémoslo, y Nueva York es una ciudad con un invierno bastante duro), no tenían nada de frío, tal vez por la excelente calefacción de la casa. Así pudieron hacer el amor sin tener que taparse con las sábanas.
Judy hizo caricias suaves por la espalda de su chico, llegando incluso al trasero de él. Esto lo hizo con la mano derecha; con la izquierda buscó a tientas una de las de Jarvis, ya que tenía los ojos cerrados todavía. Tenía una expresión en la cara de infinita felicidad.
--¿Te ha gustado? –preguntó ella, ya que Jarvis, no se sabe si por evitar parecer machista, no se atrevía a hacer esa pregunta tópica que se hace después del acto sexual. La suelen hacer sobre todo ellos, para convencerse a sí mismos de que son insuperables en la cama (sobre todo si no lo son en otras cosas). --Sí, Judy... –respondió Jarvis, tranquilo, que se dio la vuelta hacía ella, besándola en la boca y acariciándola suavemente. --¿Por qué no hablamos de nosotros? De nuestros gustos. ¿Te parece? Me gustas muchísimo, y quiero conocerte mejor... y que tú me conozcas a mí.
--Claro, cariño. Pensaba empezar ahora mismo.
--Genial, tío. Mira, yo trabajo como camarera en un bar.
--¿Tienes estudios?
--Sí, he estudiado Arte Dramático, pero aun no he encontrado nada interesante. Quizá le pida a Winnie si tiene algún papel en su película.
--Vaya, tú actriz. Mola...
--Sí, tío, mola cantidad. Pero no lo acabé, ya que me gusta más lo que hace Winnie, la dirección, y estudié técnica de cine. Ahora no encuentro mucho que me interese, y quiero esperar...
--¿Qué tipo de pelis te gustaría hacer, ratita? –preguntó Jarvis, cariñoso y haciéndole caricias a ella por la mejilla derecha con el dedo índice de su mano izquierda.
--No sé... quizás como las que hace Winnie, ó Susan Seidelman, ó como Woody Allen, David Lynch... no sé. Me molan mucho las de estos, sobre todo las de Woody.
--Has dicho que te gusta Susan Seidelman, además de Winnie. ¿Eres feminista?
--Hombre, no soy ninguna feminista militante. Feministas, creo que todas las mujeres lo somos más ó menos, pero tranquilo, tío, que no te voy a comer. Se puede ser feminista y gustarte todos los tíos, hasta los que se parecen a Tarzan, fíjate.
--Vaya, tú, Judy, eres encantadora.
--¿Por qué dices eso ahora, tío? ¿Por quedar bien conmigo?
--Em... sí, sí, tú. No sé por qué, pero siempre quiero quedar bien con las chicas, pero que muy bien... –dijo Jarvis, algo ruborizado, como suplicando perdón cuando te sentencian a un castigo severo por tu maldad. --No te avergüences, coño, que me encanta –Judy le tranquilizó, besándole tiernamente en la frente--. Eso es normal; yo también lo hago, el intentar quedar bien con los tíos para caerles bien. Eso sí, sólo con los tíos que me gustan. La chica se incorporó ligeramente sobre la cama para situarse de rodillas enfrente de él, poniéndole las manos sobre los hombros.
Jarvis volvió a quedarse fascinado por la belleza de Judy. Y más ahora, que la veía desnuda. Pero como no quería para nada parecer un machista que sólo ve el físico, trató de parecer impasible, a la inglesa. Así pudo contestar, con aparente impasibilidad, a lo que antes había contado la chica: --Ya lo sé, maja, pero es que muchas veces me he sentido inferior a vosotras. Y es por que... por que... –intentaba explicárselo, pero no encontraba las palabras—por que creo que vosotras hacéis todo mejor que nosotros. --¡Oh! ¿Qué es esto, un piropo ó un mitin político? –preguntó ella, entre asombrada y halagada, sonriendo irónicamente--. ¿Nosotras mejores que vosotros? Coño, tío, oírle esto a un hombre es extrañísimo, ¿sabes? Yo, de eso no veo mucho, pero me encanta.
--Gracias, Judy. Ya sé que es una parida, pero he visto cosas por mí mismo, y he visto que vosotras no sois como dicen esos carrozas gilipollas. Y no digo que todos tengan que parecer modernos a tope, pero si quieren que les respetemos, que nos respeten a nosotros y...
--Ya lo sé, Jarvis; al grano, al grano...
--Perdona, me enrollo cantidad, tía. ¡Siempre me enrollo, joder! Bien, decía que cuando vivía en Albany, de donde somos yo y mi familia, de vez en cuando teníamos alguna discusión, por que mi padre es un republicano intransigente, que para él los demócratas son como el Diablo en persona. Cuando se enteró de que mi hermana Murphy votaba a los demócratas y era de ideas feministas radicales, casi le echa de casa.
--¿Y qué pasó?
--Nada, Murphy se fue de casa, pero ella misma lo decidió, y se fue a vivir a Los Ángeles con un amigo suyo, que es locutor deportivo. Ahora son pareja. Mi padre estaba cabreadísimo y dijo que Murphy no heredaría ni un centavo cuando él la palmara. Él cree que las mujeres debéis estar en casa lavando, guisando y planchando, además de criar a los hijos. Qué chorrada, ¿no?
--Sí, y gorda. Tu padre, perdona que te lo diga, es un capullo –contestó Judy, y acto seguido se tumbó sobre él, cabeza abajo, apoyando la cabeza sobre su pecho--. Hay gente que no vale la pena fijarse en ella. Unos se enrollan bien y otros mal. Pero eso pasa siempre, tío, y ya me he acostumbrado. No me obsesiono demasiado en mejorarlo. Ya mejorará lo que se pueda...
Jarvis puso sus manos sobre la espalda de ella, cerca de la nuca, y con una de ellas le acarició suavemente la coronilla. En algún momento, él había pensado en irle acariciando la espalda de arriba abajo, hasta llegar a acariciarle el culo, pero pensaba que a ella podría no gustarle. Una cosa es que se lo hubiera acariciado cuando hacían el amor, pero en ese momento, después de acabar, no era lo mismo. Judy estaba muy tranquila, con una sonrisa de felicidad, y estaba tan tranquila y relajada que pensaba dormirse allí mismo, como si Jarvis fuera un colchón. Vamos, se encontraba perfectamente en aquella postura. Además, Jarvis era tan tierno... Cerró los ojos, y él se percató, después de varios segundos en que ella no decía nada. Le dijo:
--Eh, Judy, ¿te has dormido?
--¿Eh...? –la rubia abrió los ojos, y con una expresión de colegiala ingenua se lo miró--. ¿Te pasa algo, cariño?
--¿A mí...? No, nada. Sólo que parecía que te hubieses dormido.
--Es que me encuentro tan a gusto contigo... –contestó ella, con una voz entre ronca y susurrante. --Ah, gracias, Judy. Creía que era tan muermo, que te habías quedado roque por ello. --Nooooo... –le tranquilizó ella, con la misma voz de antes. Levantó la cabeza, y cogiéndole a él la suya con las manos, le hizo caricias por el pelo alrededor de las orejas, sonriéndole--. Te lo montas muy bien. Estoy contentísima de estar contigo, mi vida. Y no hace falta que seas el semental perfecto. Eso no se lo creen ni los del cine. Me imagino a la novia que pueda tener a alguien como Sylvester Stallone, que con esa cara de tonto que tiene, ella no sabría si reír ó llorar... ¡Ja, ja, ja...! –rió.
Él también se rió.
--Judy –le preguntó él a ella--: ¿has tenido muchos novios antes que yo? --¿Yo...? –ella no sabía bien si decírselo, pues hasta hace poco, muchos hombres no encajaban bien lo de que una mujer con la que hubieran ligado hubiera tenido muchos novios antes de conocerles a ellos, como si deseasen que fuesen ellas vírgenes, para así no sólo desvirgarlas sino poder sentirse poseedores de algo. --Que si has tenido muchos novios antes que yo. Con lo maja que eres y esa personalidad que tienes, seguro que has tenido a muchos detrás. Y no me importa.
--Sí, claro –ella decidió desacomplejarse, ya que Jarvis es un chico muy abierto y moderno--. He tenido muchos, y mi primer novio fue Ricky Mackenzie, un chico de Ketchum, Idaho. No sé si era el pueblo en el que se suicidó Ernest Hemingway. Y con él tuve mi primer polvo. Sólo sabía de esto lo que me decían las amigas. Entonces era algo ingenua, y quién no lo es a esa edad, por muy culta e intelectual que seas. Como no sabía mucho de cómo hacerlo cuando me acosté con él, creía que me portaba como una gilipollas, que no le gustaba... pero Ricky, que era un encanto, me ayudó a quitarme complejos, y con más veces que lo hicimos, fue mucho mejor. Salimos durante unos seis meses, hasta que él se volvió a su pueblo. Intentamos conservar la relación, yo sufrí muchísimo, pero las relaciones a distancia... ya sabes. Ketchum está muy lejos. “Luego tuve muchos, y no me acuerdo de todos. Bien, para no aburrirte, voy al último: Michael Karras. Era descendiente de griegos. Quería hacer como Michael Dukakis cuando se presentó a las primarias para ser nominado candidato a Presidente de los Estados Unidos. Quiso presentarse primero a concejal del Ayuntamiento de Nueva York, pero al no conseguir nada y ver cosas en la política que no le gustaban nada, lo dejó y entró como camarero en el mismo bar en el que trabajo yo. Nos gustamos y empezamos a salir. Estuvimos muy bien durante unos meses, y al final todo se fue al carajo. Hemos pasado muy buenos ratos, y aun le quiero mucho, pero ya sólo como amigo. Ahora ya tiene novia, así que nada...
“Bien, esto es toda mi vida amorosa, al menos lo más interesante de ella. ¿No habrás cogido celos, ó chorradas parecidas? –le preguntó finalmente a él, deseosa de que él no se pusiera celoso de su abundante vida amorosa, algo que parece no agradar a algunos hombres, obsesionados con la idea no sólo de que ella sea virgen sexualmente, sino también en el amor.
--No, Judy. ¿Por qué tendría que ponerme celoso? Sé que todo el mundo, antes de encontrar la pareja de verdad, el amor de su vida, vamos, habrán tenido que encontrarse muchos rollos de personas –explicó él, tranquilo, aunque mientras decía la última frase pensó de repente en si estaba haciendo el ridículo, en si Judy le veía como un tonto.
--Perdona, Jarvis –pidió ella perdón, haciéndole caricias al mismo tiempo por la cabeza--, pero es que hay muchos tíos que siempre te dan la barrila con que si la mujer tiene que ser virgen antes de casarse, y ellos, hipócritas, no lo son también, y casi todos los que lo han dicho ya se han casado y divorciado, y se han tirado a cuantas chicas han querido. Pienso que si ellos quieren que su mujer sea virgen antes de casarse, ellos deben de serlo también. Que siempre debemos nosotras de soportar éstas puñetas, coño. Eh, ¿me comprendes? –le preguntó de golpe, como temiendo que él se estuviera aburriendo.
--Sí, te comprendo –respondió el joven, cogiendo con las manos la cabeza de Judy, suavemente, y acto seguido la acercó a él para darle un corto beso en la boca. Entonces, ella preguntó:
--¿Y tú, Jarvis? ¿Con cuántas te lo has montado?
--Em, con unas siete chicas he salido, pero no lo hice con todas. Pero como tú has hecho, no hablaré de todas ellas. Te hablaré de las dos últimas. Y eran extranjeras. Una era María Antonia Quiroga, una española que estudiaba aquí. Era de una ciudad llamada Zaragoza. Me enseñó el español que hablo. Me contó que era hija de padres que lucharon contra la dictadura de Franco, algo así, pero que no recuerdo mucho; además, la política no me interesa mucho... Bien, María era una chica rubia, como tú, nada que ver con esa imagen de la española agitanada rodeada de toreros. Era muy liberal, nada reprimida, sin prejuicios y bastante considerada, además de simpatiquísima y guapísima. Muy inteligente además, siempre sabía lo que quería. ¿Sabes que los españoles saben más cosas de nosotros los americanos que nosotros de ellos? Claro que será por que nuestras películas y series de televisión llegan mucho allá. Eso sí, dobladas al español por gente española. No sé cómo serán los doblajes de allí, que María me dijo que eran muy buenos, de los mejores que se hacen en el mundo, pero ojalá que sean mejores que los que he escuchado en Puerto Rico. ¡Ojalá!
--Ya, pero, ¿lo hicisteis, sí ó no? –le interrumpió Judy, al ver que él volvía a enrollarse y a dar vueltas y vueltas a cosas triviales, poco importantes para lo que él estaba contando.
--Eh, sí, sí, lo hicimos –quiso disculparse--. Aunque la primera vez fue más bien regularcilla, que claro, en la primera vez, al no conocernos mucho, es difícil que sea una maravilla. Ella, creo que se reía por lo bajinis. No debía atreverse a decirme que no lo estaba haciendo yo bien. Me sentía torpe a veces, pero ella me animaba. Era un encanto de chica. Fue una suerte que me animara, pero te aseguro que a veces yo tenía ganas de colgarme de un pino.
--Hombre, no exageres. Una cosa es que quieras hacerlo bien para que ella se sintiera a gusto, que es bueno, al menos te preocupas de eso, no como otros tíos... Yo también me sentía mal a veces con Ricky. Él, como era de pueblo y bastante pícaro, ya sabes, esa picardía algo ingenua de los paletos, ya había probado con algunas chicas de Ketchum, pero yo no, todavía. Ahora ya no es así, ya tengo más experiencia, y me va bien, tío. ¿Sí ó no? --Sí, Judy –contestó el chico, quizás galantemente, aunque no quería hacerlo así, ya que las mujeres no aceptan mucho la galantería, sobre todo si ésta conlleva el considerarlas inferiores ó que, sólo por que eres hombre y ellas mujeres, hay que actuar así ó asá--, lo haces muy bien ahora. Eres muy desenvuelta. Cuando no tenemos experiencia, todo nos parece una mierda.
--¿Y la otra chica? ¿Cómo se llamaba?
--Valérie Chévenement, una francesa. Trabaja en el Consulado Francés de aquí. Ésta la conocí precisamente cuando María había acabado sus estudios y tenía que volver a España. Los dos lloramos mucho el tener que acabar la relación, ya que al vivir tan lejos uno de otro, las relaciones a distancia nunca funcionan. Entre Nueva York y Zaragoza hay más de 6.000 kilómetros, demasiados. Aun así, ella estaba contentísima de haberme conocido. Aun la quiero, la verdad, era encantadora, pero claro, eso ya es pasado, la Prehistoria, como digo a veces... Ahora te quiero a ti, Judy, mi vida...
--Gracias, cariño –Judy agradeció el piropo final con un besito en la mejilla izquierda de él--. ¿Y cómo fue con Valérie... Valérie qué?
--Chévenement. Es una francesa encantadora, igual que María, pero a la francesa, claro. Por cierto, no tenía que ver con esa idea de lo francés que tenemos en éste país. Nada de chicas cursis con modelitos extravagantes ni que siempre tenga la palabra “amour” en cada frase cuando te habla. Con ella aprendí a hacer el amor mejor, pero no con el tópico del “beso francés” ni chorradas. Aunque sea un tópico eso de que los franceses saben de esto del amor como nadie, cosa que Valérie me recordaba como una obsesión, ella me enseñó ciertos trucos para el amor, muy curiosos.
--¿Qué trucos?
--Unos como los afrodisíacos, que esto viene muy bien para preparar al personal para follar. Recuerdo que a veces comíamos ostras, por que decía que el marisco, y sobre todo las ostras, llevan mucho fósforo, y eso viene fenomenal para éstas cosas.
--Vaya. Y os lo montabais dabuten, ¿no?
--Sí. Y ya que hablo de los afrodisíacos, también están las trufas, ó el aguacate... pero no sigo. Valérie y yo pasamos muy buenos momentos. Era muy cariñosa y atenta, además de inteligentísima. Y aunque te parezca que utilizando trucos como estos para seducir pueda parecer una cualquiera, era un encanto de chica. Y ahora que sólo somos buenos amigos, aun me cae bien.
--¿Una cualquiera, dices? No, Jarvis, no me parece para nada una cualquiera. Nadie es perfecto, y si ella sólo quería ligar contigo, ¿quién no lo haría? Tú mismo lo hubieras intentado así, conmigo ó con cualquier otra.
--Quizá, guapa. Pero ahora pensemos en otra cosa...
Pensar, no sabemos en qué pensarían, pero acto seguido volvieron a cerrar los ojos y porrearse, y abrazándose seguidamente con pasión se revolcaron por la cama y volvieron a hacer el amor.

(CONTINUARÁ...)

Más fragmentos literarios en mi blog:

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